Editoriales

Hace un par de semanas asistí a un workshop con empresarios, dueños y referentes de unas cuantas Pymes de la región de diferentes rubros. Estuvimos trabajando toda una mañana sobre cómo enfrentar problemas que creíamos exclusivos y descubrimos comunes porque, aunque no lo parezca a empresas muy distintas les ocurren cosas parecidas. Y hubo una conclusión que se repitió: el mayor desafío de una PyME no está en conseguir clientes sino en aprender a crecer sin depender del dueño. Bienvenidos a un nuevo newsletter, esta vez vamos a hablar de lo que ocurre en el interior de las empresas y cómo pasar de un proyecto personal a una empresa profesional.
Primero quiero hacer una distinción. Cuando uno usa el término empresa o emprendimiento engloba a un sinfín de proyectos muy distintos, desde una multinacional hasta un negocio de barrio. Actualmente en Argentina hay registradas 484 mil empresas - según registros de la Superintendencia de Riesgo de Trabajo - con al menos un empleado en relación de dependencia. Ese es el dato de las empresas activas sobre las que hoy vamos a hacer foco, y hago esta separación porque en Argentina dos de cada tres empresas mueren antes del quinto año de vida por un montón de otras razones. Es por eso que me voy a referir a empresas que lograron atravesar esa barrera y consolidarse en el tiempo.
Las empresas nacen por el esfuerzo de sus líderes, y crecen gracias a su capacidad comercial, su conocimiento técnico y su enorme sacrificio y compromiso. Pero llega un determinado momento, en el que sus dueños descubren que si quieren seguir creciendo deben modificar su forma de gestionar.
Lo habitual hasta ese punto es que las empresas funcionen en modo supervivencia, en donde el dueño es imprescindible porque concentra el poder, conoce como nadie el servicio o el proceso productivo, decide qué se compra, cuándo se paga o cómo se cobra. Lo común es que sea el que más trabaje (que abra y que cierre las puertas) y que sea parte de casi todos los procesos. Pero un buen día, ese super hacedor y cerebro de la organización descubre que él mismo funciona como límite en el crecimiento. O porque no da abasto y quiere correrse, o porque siente que es momento de avanzar y llevar a su empresa a otro nivel. Es cuando se produce una crisis dentro del proceso evolutivo de la compañía, la transición de la etapa fundacional a la profesional.
Ahí es cuando el dueño se convierte en el constructor de una organización capaz de crecer sin depender de una sola persona. Profesionalizar una empresa no es tarea una sencilla y no significa llenarse de burocracia; se trata de construir procesos, desarrollar personas, generar información para decidir y definir hacía donde ir. En definitiva, transformarse en una empresa con buenos datos, gerentes y una estrategia común.
Para el dueño es un desafío enorme. Implica un quiebre: poder centralizar las decisiones para mantener el control, ceder el poder y delegar la toma de decisiones para aspirar al crecimiento. Una superación de sus miedos, sus angustias y sus enojos. Muchas PyMEs llegan a un punto donde para avanzar necesitan gestionar mejor. Y ese es, probablemente, el salto más difícil, porque no es solo un cambio de la empresa; sino también un cambio del empresario.
Todo esto que cuento está reflejado magistralmente en el libro El Salto del Dueño, de Paula Molinari, que es speaker, escritora, y profesora de la Escuela de Negocios de la Universidad Torcuato Di Tella. Un libro que recomiendo especialmente a todo aquel empresario, líder, emprendedor o quien está en vías de serlo.
Después de más de quince años acompañando empresas, estoy cada vez más convencido de que el principal desafío de los dueños PyME no está solo en lo financiero, impositivo o lo comercial, sino que es el liderazgo. El crecimiento exige que el líder o cacique deje de ser imprescindible para convertirse en quien construye una organización capaz de funcionar sin depender de él en cada decisión. Ese cambio que no sucede de un día para otro, requiere aprender a delegar, desarrollar personas, confiar en los procesos y aceptar que el verdadero control no está en hacerlo todo, sino en construir una empresa que pueda crecer de manera sostenible.
¡Gracias por leer!

