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Editoriales

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En esta edición te explicamos en qué consisten el RIGI, el RIMI y el súper RIGI; las medidas que está impulsando el Gobierno Nacional para alentar la inversión en el país..

Ningún país logra crecer de manera sostenida sin inversión. No importa si se trata de una multinacional que explota un yacimiento petrolero, una minera que construye una planta de procesamiento o una PyME que abre un negocio o compra una nueva máquina para aumentar su producción. En todos los casos la lógica es parecida: la apuesta mejora las condiciones: aumenta la productividad, se genera empleo, si hay excedente se exporta y, finalmente, se produce crecimiento económico.

El problema es que Argentina lleva décadas acumulando bajos niveles de inversión. El Gobierno actual decidió apuntarle, como si fuera un blanco, y está impulsando distintos regímenes de promoción como el RIGI, el RIMI y recientemente el denominado Super RIGI, con el objetivo de atraer capitales y acelerar proyectos productivos. ¿Serán estos incentivos suficientes para dinamizar la economía? La pregunta flota en el aire en un contexto marcado a fuego por la incertidumbre. Bienvenidos a una nueva edición de nuestro Newsletter mensual, en días de euforia mundialista vamos a parar la pelota y cambiar de frente para hablar de inversiones, un tema que puede ser importante de cara al futuro.

 

La apuesta original

 

En vez de buscar una reforma impositiva amplia el Gobierno tomó un atajo y apostó a beneficios específicos, y a partir de esa premisa, ideó el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), un esquema para atraer inversiones pensado para sectores que estableció como estratégicos. La medida surgió a través de la Ley de Bases en 2024 y de entrada apuntó a proyectos cuya magnitud excediesen los 200 millones de dólares (la barrera sube de acuerdo al tipo de proyecto y rubro) ofreciendo incentivos tanto a inversores nacionales como extranjeros.

El RIGI priorizó desde el arranque el crecimiento a largo plazo y a diversificar las exportaciones del país en materia como forestoindustria, turismo, infraestructura, minería, tecnología, siderurgia, energía, más petróleo y gas. Nació amplio, pero hoy, casi dos años después, el 90% de los proyectos que ingresaron se reparten entre petróleo y gas (50%) y minería (40%). 

Los atractivos del régimen son los incentivos fiscales. En concreto, reduce el Impuesto a las Ganancias al 25% (diez puntos menos que el 35% de la alícuota general) para los “vehículos de proyecto único (VPU)” que son las entidades creadas exclusivamente para llevar adelante un único proyecto de inversión. Además, las empresas que adhieren pueden amortizar de forma acelerada los bienes muebles e infraestructura que adquieren lo que les permite recuperar parte de su inversión a través de menores desembolsos de impuestos en los primeros años de operación.

Otro beneficio es la devolución de saldos a favor de IVA en un plazo máximo de tres meses, lo que mejora el flujo de caja, un aspecto crítico en los primeros años de cualquier apuesta grande. También se permite el cómputo del 100% del Impuesto sobre Débitos y Créditos Bancarios como crédito en Ganancias, lo que reduce la carga impositiva sobre las operaciones financieras de las empresas. 

 

Cuando la inversión deja de ser sólo para gigantes

 

Unas de las críticas que recibió el RIGI original fue que no tenía en cuenta a las Pequeñas y Medianas Empresas, y a partir de eso se incorporó el Régimen de Incentivo a Medianas Inversiones (RIMI) en un capítulo de la Reforma Laboral que se aprobó en marzo de este año.

El Régimen abarca diferentes beneficios para los dos primeros años, con montos exigidos que varían de acuerdo a la envergadura de las empresas con certificados MiPymes vigentes (de acuerdo a la clasificación del Ministerio de Producción). Para una microempresa el umbral de inversión son 150 mil dólares; en tanto que, para una empresa pequeña, 600 mil; para una mediana (tramo 1), 3,5 millones (tramo 2), 9 millones y las compañías más grandes, 30 millones de dólares como mínimo.

Los dos beneficios centrales del RIMI son similares al RIGI. El primero es la amortización acelerada y el segundo la devolución de créditos fiscales de IVA. Los generados por las inversiones productivas pueden solicitarse para devolución transcurridos únicamente tres períodos fiscales mensuales desde que resultó procedente su cómputo.

Ninguno de los dos beneficios es novedoso, pero su combinación en un único régimen representa una mejora concreta. Mientras el RIGI busca atraer miles de millones de dólares para proyectos estratégicos, el RIMI intenta resolver un problema igual de importante: que miles de empresas apuesten a invertir.

 

Las nuevas industrias que se vienen

 

El Súper RIGI es la novedad que elevó el Gobierno a través de un proyecto hace algunas semanas (por estos días se está discutiendo legislativamente) y pretende extender los beneficios a megaproyectos de inversión superiores a los 1.000 millones de dólares que apunta a sectores aún no desarrollados en el país (como inteligencia artificial, semiconductores y biotecnología).

A diferencia del RIGI, el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones para Nuevas Industrias impulsa líneas más específicas y ofrece ventajas superadoras. En el Impuesto a las Ganancias la tasa se reduce al 15% (10 puntos porcentuales menos), la amortización acelerada es el 60% en el primer año y el 20% en cada uno de los dos años siguientes. La exención de derechos de exportación pasa a ser total a partir del primer día en lugar de ser escalonada, y la exención de aranceles de importación es total. Blinda de estabilidad normativa por 30 años en materia tributaria, aduanera y cambiaria. Además, para que los proyectos se radiquen en lugares específicos, las provincias deben adherir, lo que implicaría limitar y reducir Ingresos Brutos al 0,5% y eliminar el Impuesto de Sellos. 

Los críticos advierten que se están ofreciendo concesiones ilimitadas a cambio de poco a sectores como Vaca Muerta, que está experimentando un boom que no necesita demasiados incentivos. Y que no existen sitios públicos para conocer los proyectos adheridos, algo inaceptable en un programa financiado con fondos públicos. 

 

Argentina y la deuda histórica con la inversión

 

Los países emergentes exitosos suelen invertir entre 25% y 35% de su PBI, Argentina lleva muchos años oscilando entre 15% y 20%. La falta de inversión explica en parte los problemas de productividad, salarios y crecimiento. Cuando un país deja de invertir inevitablemente termina estancándose. Parece algo obvio, sin embargo en Argentina, con una macroeconomía frágil e inestable durante mucho tiempo, no se generaron las condiciones para que esto se produzca: reglas claras y estables. 

Lo que viene es construir una reputación creíble que se sostenga en el tiempo y brindar garantías a quienes quieran invertir. El país tiene activos reales que las empresas globales buscan: energía renovable abundante, clima frío para centros de datos, conectividad submarina y recursos minerales estratégicos. El primer desafío es aprovecharlos, más adelante convertir esas inversiones en desarrollo. 

El RIGI, el RIMI y el futuro Súper RIGI son herramientas que apuntan en esa dirección. Podrán ser perfectibles y seguramente serán material de debates sobre sus costos y beneficios. Pero detrás de todos ellos subsiste una misma idea: alentar a quienes deciden arriesgar capital hoy para producir más mañana. Porque al final del día, las economías crecen cuando alguien apuesta por el futuro. Y quizás el verdadero desafío de Argentina no sea solamente atraer inversiones extranjeras, sino volver a convencer a sus propios empresarios de que vale la pena invertir en el país.

¡Gracias por leer! Nos vemos en la próxima.

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